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un cuento: El reflejo de Tiamar

Cuentan que hace muchos años, una mujer habitaba el monte. Tal vez tus abuelos te contarán que la han visto - en el reflejo del río o las piedras del barranco. Aparecía en un susurro del viento, el acariciar de las hojas y la fragancia de una flor. La llamaban Tiamar.

Cuentan que vivía con su marido y tuvieron hijos que crecieron libres y fuertes. Los hijos tuvieron hijos, y los hijos tuvieron hijos. Los descendientes fueron bajando al pueblo. Con el tiempo, se olvidaron del monte. Se mudaron a la ciudad. Los nietos y las nietas crecieron entre paredes y con luz artificial. Seguro que tú los conoces, son tus vecinos, tu colega del cole, la prima del pediatra.

Quienes quedaban en el monte miraban con desprecio las generaciones en la ciudad. Detestaban el escándalo que armaban día y noche. El taladrar constructor perforaba sus corazones. La pólvora de las armas les asfixiaba. Los químicos del agua les intoxicaban.

“No me dejan descansar, ¡ni de día ni de noche!” clamaba el marido de Tiamar. “Nos están enfermando a todos, ¡y no les importa! Pues, yo los destruiré, ¡para volver a la paz!”

Tiamar lamentó, “¡Esa no es paz! Son tu sangre, nacieron de mi vientre. Que su camino se obstruya, que sus pasos sean cerrados. Así volverá la paz de verdad.”

Pero el marido no dejaba de insistir y Tiamar se enfurecía de escuchar sus llamados a la violencia. Así que decidió dejar el monte e ir al mar.

Primero tenía que pasar por el pueblo. Después por la ciudad. La desorientaba el reflejo del sol en los cristales, la aturdía el eco de los motores. Empezó a gritar a los coches pasando a cada lado, a la basura pegada al asfalto, a las personas que fingían no verla.

Quizás tú la has visto. Su pelo está desarreglado, su ropa en harapos, descalza, su piel quemada y arrugada de tantos años en el monte, sus ojos desorbitados.

Tiamar estaba mareada, pero eventualmente olió la brisa salada y llegó a la orilla del mar.

Estaba acomodándose en un lugar apartado cuando se le acercó un policía.

“No puedes dormir aquí,” le dijo, “vuelve a casa, anda.”

“Pero estoy en mi casa,” respondió Tiamar.

El policía se incomodó. “No es tu casa. Esta playa pertenece al reino de Másduc. No puedes estar aquí. Tengo que poner orden.”

Tiamar empezó a marearse de nuevo, y justo pasó un barco de motor a todo gas. El ruido era una sierra en su cabeza. Cubriendo sus oídos, volteó y gritó: “¡Pez demonio! ¿Qué diablos han hecho, por qué me están dañando así?”

El policía cogió a Tiamar por el brazo y la arrastró, mientas aquella, pateando y gritando, rascando y mordiendo, intentó librarse. Pero el hombre era fuerte e impenetrable.

La llevó a la cárcel, diciendo, “No podemos aceptar ese caos. Duermes aquí y por la mañana te alejas.”

Tiamar se tiró al suelo. La rabia y la indignación corrían por sus venas. Le calentaban desde dentro y cuando exhaló, salió fuego por la boca. Ese fuego incendió los bosques en el monte donde vivía. Dejó escapar un chillido, y estalló un terremoto en el otro lado del mundo. Soltaron sus lágrimas, y los ríos se desbordaron, los tsunamis arrasaron las costas. Soltaba palabrotas, y volaban langostas a los campos de granos y contagiaban virus entre parientes.

En la noche oscura el policía y la alcaldesa, la ejecutiva y el pediatra, el sacerdote y el jefe militar, empezaron a discutir. ¿Qué está pasando? ¿Cuál es la verdad? ¿Quién es responsable? ¿Dónde está la solución?

Todo el reino de Másduc, los nietos y las nietas de Tiamar, tomaron posiciones, se armaron de sus verdades, dispararon sus soluciones como balas – y fueron cayendo. Personas, edificios, creencias y poderes cayeron. La sangre se mezclaba con las ruinas, transformando esa autodestrucción en lodo cargado de minerales y toxinas, lamentos y esperanzas. Como un torrente de lava, arrastró todo en su camino hasta llegar al mero centro de la tierra donde se volteaba en espiral hacia dentro, deslizándose hacia el ombligo del mundo, entrando al agujero negro hasta la última gota.

Tiamar abrió sus ojos. Se había quedado dormida, agotada por la emoción, y soñó con fuego, sangre y serpientes de lodo. Frotó su barriga, sensible. Se levantó y vio que las rejas estaban abiertas. No había nadie. La tenue luz del amanecer empezó a marcar colores en el cielo. Se dirigió al mar, dejando su andrajoso vestir, desnudándose, entrando sin pausa y sin mirar atrás. Justo al momento que el sol apareció en el horizonte, Tiamar se metió debajo del agua, dando una patada fuerte para impulsarse hacia las profundidades.

Quienes dicen haberla visto juran que en vez de pies, tuvo una aleta con escamas brillando en los primeros rayos del día. Dicen que nunca volvió a subir, que nunca volvieron a verla.

Pero desde ese día, donde alcanza la luz del sol las semillas brotan, el agua limpia corre y todas las generaciones viven en paz. Y si tú vas al mar en la noche de luna llena, capaz ves el brillo de su aleta en el reflejo de esa luna, el reflejo de Tiamar.

                                                       

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